Antonio Gamoneda.
Mañanas puras y frías
de los campos de León,
mañanas que sois mañanas
también en el corazón.
Si os cruzáis con los hombres cuando vuelven
al pueblo rojo con la tarde encima,
si contempláis sus rostros
secos y arados como tierra viva,
comprendéis el destino y el cansancio.
Blues del Cementerio.
Conozco un pueblo --no lo olvidaré--
que tiene un cementerio demasiado grande.
Hay en mi tierra un pueblo sin ventura
porque el cementerio es demasiado grande.
Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.
No sé para qué tanto cementerio.
Cierto año la gente empezó a irse y en muchas casas no quedaba nadie.
El año que la gente empezó a irse
en muchas casas no quedaba nadie.
Se llevaban los hijos y las camas.Tenían que matar los animales.
El cementerio ya no tiene puertas
y allí entran y salen las gallinas.
El cementerio ya no tiene puertas
y salen al camino las ortigas.
Parece que saliera el cementerioa los huertos y a las calles vacías.
Conozco un pueblo. No lo olvidaré.
Ay, en mi tierra sin ventura,no olvidaré a mi pueblo.
¡Qué mala cosa es haber hecho
un cementerio demasiado grande!
Andrés Trapiello.
Ya es ayer
Caminamos de niños por las callessombrías de León, en plena noche.
Hasta la luz es eco, y nuestros pasos.
Los lóbregos portales, tan angostos.
Hepáticas farolas. Nuestras sombras.
Tan estrechas y tan largas. Nos creemos
batusis, y jugamos. A pisar
nuestra sombra, saltando por encima.
A quedarnos sin sombra, y ser felices.
A mostrar nuestra sombra en la de al lado,
y entre los niños uno, oscuramente,
ha comprendido acaso que los hombres
podrían ser iguales y fundirse
sin daño, de ser sombra. En tales rúas,
las más tristes del mundo, las más lúgubres.
Y seguimos jugando. Por delante,
hacia el mar, que es el morir, las sombras
cada vez más en fuga, como ríos.
Y corremos tras ellas. Y reímos
al ver que nuestras sombras son un huso
que va hilando los sueños silenciosos.
Igual que un horizonte. Inalcanzables.
Jugamos a que nunca llegaría
un día como hoy, pero ha llegado.
Y son más nuestras sombras que nosotros.
Julio Llamazares.
“Caminamos a tientas entre la maleza de mimbres y almanaques porque somos cazadores furtivos en los bosques del tiempo”.
“La primera ley está escrita sobre la corteza de los abedules y existe una medida convenida de antemano por si el cansancio llega.
Qué importa, pues, que el paisaje se rompa antes de tiempo o que zarzales rojos obstruyan las salidas de los lados.
Llega un momento en que la duda no sirve de moneda”.
De nuevo llega el mes de las avellanas y el silencio.
Otra vez se alargan las sombras de las torres, la plenitud azul del huerto familiar.
Y en la noche se escucha el grito desolado de las frutas silvestres.
Sé muy bien que éste es el mes de la desesperanza.
Sé muy bien que, tras los mimbres lánguidos del río, acecha un animal de nieve.
Pero era en este mes cuando buscábamos orégano y genciana, flores moradas para aliviar las piernas abrasadas de las madres.
Y recibo el recuerdo como una lenta lluvia de avellanas y silencio.
Hace ya mucho tiempo…
Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre zarzas quemadas y pájaros de nieve.
Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, como un viajero gris perdido entre la niebla.
La verdad cifrada dejé atrás: el humo denso y obsequioso de los brezos y la alegría de mis padres en el anochecer.
En el camino del norte, sin embargo, sólo mendigos locos acompañan.Duermo bajo sus capas en las noches de invierno.
Les digo este relato para ahuyentar el miedo.
La lentitud de los bueyes –
Julio Llamazares.
Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad
cuando perdió sus ganados y sus pastos.
Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus
rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama.
Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria
que el olvido.
Caliente está la piedra donde bebían la sangre de
sus vides al caer de la tarde. Pero qué lejos todo si
recuerdo.
Qué lejos de mí la región de las fuentes del tiempo, el
lugar donde el hombre nace y se acaba a sí mismo como
una flor de agua.
Ellos no conocían la intensidad del fuego ni el desamor
de los árboles sin savia.
Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud
estaba en la raíz de su corazón.
Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza
para nosotros.
Pero el momento llegó de volver a la nada cuando los
bueyes más mansos emprendieron la huída y una cosecha
de soledad y hierba reventó sus redes.
Ahora apacientan ganados de viento en la región del
olvido y algo muy hondo nos separa de ellos.
Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en
la mitad del corazón.
Antonio Pereira.
Soy de una tierra fría, pero hermosa.
Aquí la nieve, la esperanza helada
De que se alumbre en cada madrugada
El destino difícil de la rosa.
Casa
Y todo es más sencillo. Las palabras
contienen el misterio, no hace falta
oscurecerlas con las (malas) artes,
son más profundas cuanto son más claras.
coge un lápiz de niño si con alma
de niño, y una puerta y dos ventanas
dibujarás casi sin darte cuenta
con su tejado, y aún no será una casa.
Sólo cuando la nombres. Una casa,
la casa, nuestra casa, casa.
Por más que lo imagines, esa cosa
nunca pudo llamarse de otro modo
que no fuera sus dos sonidos, casa,
dentro posee el fuego
y una madre y ropa pero tú no tienes
que enumerarlo, casa, te basta casa.
Como hubiera podido ser: caloche,
o lipa o manderés,
únicamente casa, y sobran
otras señales de la casa: casa.
Mercedes Ortigosa Bueno.
Amanecida de sol convaleciente,
alborada de gallos.
salen en ruedo disforme las carretas,
amanecida de pueblo solitario.
La vieja oscura se va a sus letanías,
el médico a sus muertos,
el hombre a su silencio entre los surcos,
regados de sudores milenarios.
Se van los hombres de esta tierra
que les muerde la vida
y les raciona el pan,
buscando hondas raíces
como la errante hiedra.
Octavio.
Raíces.
Soy hermano del canto rodado y de la arena,
del cardo corredor y de la avena loca.
Soy simiente silvestre al margen de la era.
Soy hijo de hombres desterrados
en un páramo de malvas y centeno,
surcados por ríos con caudal de piedra.
Paisano fugaz de la cigüeña;
huérfano de la luz y la caricia
en una infancia que creció desde el secano.
Mis pies rozaron en el cáñamo,
hinqué la rodilla en el esparto
y mi traje mejor fue la estameña.
Conservo el germen de un estoico
modo de mirar al cielo, y tengo
un frío miedo que no muestro.
Tengo picor de queso viejo en la garganta
y regusto a vino agrio. Tengo
el paladar de los abruños
envuelto en el amargor de los recuerdos
y en el frío abrasador de los carámbanos.
Voy rompiendo el blanco marmóreo de la escarcha,
siguiendo la huella de los bueyes,
buscando entre terrones tétricos
el curso antiguo y las arrugas nuevas
de los surcos y los hombres.
Amanecer en el páramo.
No hay muro que le impida
besar cada mañana,
al sol, la tez morena de la tierra.
Una suave caricia desparrama
en su luz germinal. Todo está en llama.
Una explosión de júbilo proclama
un nuevo día bañado en el rocío,
y yo hago míoel canto de la alondra tempranera.
La llana paramera
ensancha los pulmones. Los azores
trocean el cielo con sus vuelos,
rozando la cima a los oteros.
No hay flores en los campos, sólo espigas, pero añoran
el purpúreo beso de las amapolas.
Camino a solas con la brisa
rozándome la cara. Y la tímida luz
apenas me permite ver lejana
la esbelta silueta de una ermita.
Agradezco al cielo esta paz que me permite
sentirme lleno del cielo y de la tierra.
Sentirme pan candeal con las espigas;
sentirme cielo azul con los azores;
sentirme trovador con las alondras.
