martes, 23 de septiembre de 2008

Poetas leoneses.

Poetas leoneses.

Antonio Gamoneda.

Mañanas puras y frías
de los campos de León,
mañanas que sois mañanas
también en el corazón.


Si os cruzáis con los hombres cuando vuelven
al pueblo rojo con la tarde encima,
si contempláis sus rostros
secos y arados como tierra viva,
comprendéis el destino y el cansancio.


Blues del Cementerio.

Conozco un pueblo --no lo olvidaré--
que tiene un cementerio demasiado grande.
Hay en mi tierra un pueblo sin ventura
porque el cementerio es demasiado grande.
Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.
No sé para qué tanto cementerio.
Cierto año la gente empezó a irse y en muchas casas no quedaba nadie.
El año que la gente empezó a irse
en muchas casas no quedaba nadie.
Se llevaban los hijos y las camas.Tenían que matar los animales.
El cementerio ya no tiene puertas
y allí entran y salen las gallinas.
El cementerio ya no tiene puertas
y salen al camino las ortigas.
Parece que saliera el cementerioa los huertos y a las calles vacías.
Conozco un pueblo. No lo olvidaré.
Ay, en mi tierra sin ventura,no olvidaré a mi pueblo.
¡Qué mala cosa es haber hecho
un cementerio demasiado grande!

Andrés Trapiello.

Ya es ayer

Caminamos de niños por las calles
sombrías de León, en plena noche.
Hasta la luz es eco, y nuestros pasos.
Los lóbregos portales, tan angostos.
Hepáticas farolas. Nuestras sombras.
Tan estrechas y tan largas. Nos creemos
batusis, y jugamos. A pisar
nuestra sombra, saltando por encima.
A quedarnos sin sombra, y ser felices.
A mostrar nuestra sombra en la de al lado,
y entre los niños uno, oscuramente,
ha comprendido acaso que los hombres
podrían ser iguales y fundirse
sin daño, de ser sombra. En tales rúas,
las más tristes del mundo, las más lúgubres.
Y seguimos jugando. Por delante,
hacia el mar, que es el morir, las sombras
cada vez más en fuga, como ríos.
Y corremos tras ellas. Y reímos
al ver que nuestras sombras son un huso
que va hilando los sueños silenciosos.
Igual que un horizonte. Inalcanzables.
Jugamos a que nunca llegaría
un día como hoy, pero ha llegado.
Y son más nuestras sombras que nosotros.


Julio Llamazares.

“Caminamos a tientas entre la maleza de mimbres y almanaques porque somos cazadores furtivos en los bosques del tiempo”.

“La primera ley está escrita sobre la corteza de los abedules y existe una medida convenida de antemano por si el cansancio llega.
Qué importa, pues, que el paisaje se rompa antes de tiempo o que zarzales rojos obstruyan las salidas de los lados.
Llega un momento en que la duda no sirve de moneda”.

De nuevo llega el mes de las avellanas y el silencio.
Otra vez se alargan las sombras de las torres, la plenitud azul del huerto familiar.
Y en la noche se escucha el grito desolado de las frutas silvestres.
Sé muy bien que éste es el mes de la desesperanza.
Sé muy bien que, tras los mimbres lánguidos del río, acecha un animal de nieve.
Pero era en este mes cuando buscábamos orégano y genciana, flores moradas para aliviar las piernas abrasadas de las madres.
Y recibo el recuerdo como una lenta lluvia de avellanas y silencio.

Hace ya mucho tiempo…

Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre zarzas quemadas y pájaros de nieve.
Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, como un viajero gris perdido entre la niebla.
La verdad cifrada dejé atrás: el humo denso y obsequioso de los brezos y la alegría de mis padres en el anochecer.
En el camino del norte, sin embargo, sólo mendigos locos acompañan.Duermo bajo sus capas en las noches de invierno.
Les digo este relato para ahuyentar el miedo.


La lentitud de los bueyes –
Julio Llamazares.

Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad
cuando perdió sus ganados y sus pastos.
Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus
rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama.
Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria
que el olvido.
Caliente está la piedra donde bebían la sangre de
sus vides al caer de la tarde. Pero qué lejos todo si
recuerdo.
Qué lejos de mí la región de las fuentes del tiempo, el
lugar donde el hombre nace y se acaba a sí mismo como
una flor de agua.
Ellos no conocían la intensidad del fuego ni el desamor
de los árboles sin savia.
Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud
estaba en la raíz de su corazón.
Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza
para nosotros.
Pero el momento llegó de volver a la nada cuando los
bueyes más mansos emprendieron la huída y una cosecha
de soledad y hierba reventó sus redes.
Ahora apacientan ganados de viento en la región del
olvido y algo muy hondo nos separa de ellos.
Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en
la mitad del corazón.




Antonio Pereira.

Soy de una tierra fría, pero hermosa.
Aquí la nieve, la esperanza helada
De que se alumbre en cada madrugada
El destino difícil de la rosa.

Casa

Y todo es más sencillo. Las palabras
contienen el misterio, no hace falta
oscurecerlas con las (malas) artes,
son más profundas cuanto son más claras.
coge un lápiz de niño si con alma
de niño, y una puerta y dos ventanas
dibujarás casi sin darte cuenta
con su tejado, y aún no será una casa.
Sólo cuando la nombres. Una casa,
la casa, nuestra casa, casa.
Por más que lo imagines, esa cosa
nunca pudo llamarse de otro modo
que no fuera sus dos sonidos, casa,
dentro posee el fuego
y una madre y ropa pero tú no tienes
que enumerarlo, casa, te basta casa.
Como hubiera podido ser: caloche,
o lipa o manderés,
únicamente casa, y sobran
otras señales de la casa: casa.

Mercedes Ortigosa Bueno.

Amanecida de sol convaleciente,
alborada de gallos.
salen en ruedo disforme las carretas,
amanecida de pueblo solitario.

La vieja oscura se va a sus letanías,
el médico a sus muertos,
el hombre a su silencio entre los surcos,
regados de sudores milenarios.

Se van los hombres de esta tierra
que les muerde la vida
y les raciona el pan,
buscando hondas raíces
como la errante hiedra.


Octavio.

Raíces.

Soy hermano del canto rodado y de la arena,
del cardo corredor y de la avena loca.
Soy simiente silvestre al margen de la era.

Soy hijo de hombres desterrados
en un páramo de malvas y centeno,
surcados por ríos con caudal de piedra.

Paisano fugaz de la cigüeña;
huérfano de la luz y la caricia
en una infancia que creció desde el secano.

Mis pies rozaron en el cáñamo,
hinqué la rodilla en el esparto
y mi traje mejor fue la estameña.

Conservo el germen de un estoico
modo de mirar al cielo, y tengo
un frío miedo que no muestro.

Tengo picor de queso viejo en la garganta
y regusto a vino agrio. Tengo
el paladar de los abruños
envuelto en el amargor de los recuerdos
y en el frío abrasador de los carámbanos.

Voy rompiendo el blanco marmóreo de la escarcha,
siguiendo la huella de los bueyes,
buscando entre terrones tétricos
el curso antiguo y las arrugas nuevas
de los surcos y los hombres.

Amanecer en el páramo.

No hay muro que le impida
besar cada mañana,
al sol, la tez morena de la tierra.
Una suave caricia desparrama
en su luz germinal. Todo está en llama.
Una explosión de júbilo proclama
un nuevo día bañado en el rocío,
y yo hago míoel canto de la alondra tempranera.
La llana paramera
ensancha los pulmones. Los azores
trocean el cielo con sus vuelos,
rozando la cima a los oteros.
No hay flores en los campos, sólo espigas, pero añoran
el purpúreo beso de las amapolas.
Camino a solas con la brisa
rozándome la cara. Y la tímida luz
apenas me permite ver lejana
la esbelta silueta de una ermita.
Agradezco al cielo esta paz que me permite
sentirme lleno del cielo y de la tierra.
Sentirme pan candeal con las espigas;
sentirme cielo azul con los azores;
sentirme trovador con las alondras.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Reflexiones en voz alta.

Reflexiones en voz alta, sobre el ser o no ser…

“Estas, señor, son las reflexiones de un Dudante sin suerte, pero tampoco con desventura” C.J.C.

Cuando André Gide me dijo que el “buenismo”, los buenos sentimientos y las buenas intenciones, eran los mejores ingredientes para hacer una pésima literatura, me planteé si debía seguir escribiendo sobre cualquier cosa, sobre todo si debía escribir más poemas de amor.
El amor es un poema en sí mismo y se escribe él solo y sin palabras. Es como la rosa de Juan Ramón Jiménez:”no tocarla más que así es la rosa”. Al que conoce el amor, basta con nombrárselo para que se estremezca. El que no lo conoce, se le nombre como se le nombre, seguirá insensible. Todas las historias de amor son una misma historia. Esto no lo dice el Dudante que, como su nombre indica, duda; lo dijo Guy de Maupassant. Entonces, el mejor poema de amor sería algo así como: “El amor es el amor es el amor es el amor….”, o sea, como la rosa de Gertrude Stein.
El amor y la rosa, no sé porqué, van siempre unidos; forman ya parte de una iconografía machacona e inevitable, junto con la luna, las estrellas, la noche, el céfiro, el azul, los ojos, la piel , el aliento y los labios. Uno empieza a sospechar que, donde se dice amor se quiere decir sexo, que es lo mismo pero no del todo.
Por eso me alegré cuando Vicente Huidobro me advirtió: “No cantes a la rosa (al amor); hazla florecer en el poema”. Entonces pensé que, tal vez, la misión del poeta es similar a la de la abeja: libar los néctares del amor, de la rosa, del hombre, del mundo, de las cosas… y con ellos segregar la miel esencial de un poema nuevo y distinto y verdadero.
Pero eso me planteó una nueva problemática: ¿Seré capaz de hacerlo? ¿Sabré abjurar de la senda trillada, de la palabra vana, de la palabra muerta e inconexa? ¿Tendré valor para asumir el riesgo y adentrarme hasta el fondo de la caverna donde se esconde la madre del misterio?
No quisiera seguir engañándome. La belleza se basa en la verdad y en la coherencia para con la poesía, para con los demás y para con uno mismo. Hasta la imaginación más desbordante y las imágenes más arriesgadas y brillantes, los fuegos de artificio, pueden caer en el más espantoso de los ridículos si no están sometidas a una subliminal coherencia. El “aquí vale todo”, puede llegar a dar el pego y engañar a muchos; …a todos…menos al que lo escribe.
No valen las buenas voluntades; las buenas intenciones sólo sirven para empedrar el suelo del infierno.
He aquí la cuestión: ¿Ser o no ser poeta?
Me lo estoy pensando, pero creo que le decisión es mía y que más pronto que tarde, tendré que tomarla. Seré coherente.

Bien, tampoco pasa nada por jugar durante un tiempo a esta ruleta, aunque, al final, se pierda, pero es una gilipollez ir de poeta por la vida, sin serlo.

Esto es lo que el Dudante piensa, pero ignora si lo que piensa puede servir a los demás.


*Es difícil comentar estas elucubraciones tan personales y tan sujbetivas. Tan subjetivas como subjetivos son algunos de los términos que se emplean. Convendría aquilatar algunos de ellos, aunque no sé si soy capaz, ni si tengo tiempo para ello.Creo que no se puede contraponer "buenismo" con "malditismo". Gide, cuando habla de "buenismo" se refiere al intento de resolver los problemas del mundo, desde la literatura, a base de buenas intenciones y tiñéndolo todo de color de rosa. Una especie de "beatismo" o de gazmoñería literaria. Enfocarlo todo desde un maniqueismo en el cual uno tiene muy claro quién y qué es lo "bueno" y se apunta al bando. El mundo, el hombre no es totalmente bueno ni totalmente malo. Existe un color que se llama gris.Estoy de acuerdo en se puede hacer mala o buena literatura desde cualquier posición y no comulgo con el malditismo sistemático ni con el buenismo sistemático.Creo que hay un eclécticismo intermedio en al que cabe lo bueno y lo malo. No creo que la alegría y la bondad sea patrimonio exclusivo de los "buenistas", ni que la tristeza, la ruina y la abyección, sean patrimonio exclusivo de los "malditos". Pero todas esas cosas existen en el mundo y mezclándolas adecuadamente ¡qué difícil! serían otros los resultados.Pero, en fin, yo me refería más a la poesía, que es mi problema. Publico en varios foros, aparte de El Recreo, mis paridas, generalmente tristes y a veces desgarradas. Me llama la atención que el 90% de los escasos comentarios que provocan, se refieren, más que a las características literarias, a darme consejos "bienintecionados y buenistas", para sacarme del pozo de la tristeza.Tal vez no merezca esto más comentarios.

martes, 2 de septiembre de 2008

Escritor consecunte.

Elpidio era lo que podríamos llamar un hombre corriente; era un hombre cumplidor. Cumplía sin gran esfuerzo sus obligaciones laborales; cumplía, ya fuera por convicción, por costumbre o por puro atavismo, sus deberes religiosos. Cada cuatro años cumplía con el deber cívico de ir a votar; eso sí, cada vez a un partido distinto porque no acababa de encontrar el centro. Hasta cumplía con periódica regularidad y con su cierto aquel, aunque sin gran entusiasmo, su débito conyugal.
Veraneaba, “comme il faut” en Benidorm, compartiendo colmena con los mismos inquilinos que en su vivienda habitual.
Los domingos acudía al estadio a ver perder “comme il faut” al Atlético de Madrid.
Los viernes, salía a cenar en cuadrilla con los mismos matrimonios de siempre, al mismo restaurante y siempre siguiendo la misma ceremonia: los hombres a una parte, hablando de fútbol o de politiquerías, y las mujeres a otro, haciendo recuento exhaustivo de los casos de cuernos habidos en la última semana.
Lo sábados, sabadetes…cumplía (comme il faut). O sea, un hombre normal.

Hasta que le dio por leer. Y es que uno nunca sabe dónde puede acechar el peligro.A Elpidio nunca le gustó alardear de culto y de erudito. Bien es cierto que, curiosidad tenía mucha y leía de vez en cuando. Pero nunca había tenido tiempo suficiente como para pensar en ponerse a leer en serio y mucho menos en la posibilidad de ponerse a escribir.Un día, en un foro de Internet, se enteró de que "cualquiera puede ser escritor". (Hay gente muy optimista).-¿Y por qué no yo?- se dijo.También había leído en algún sitio que "la máxima plenitud de estar vivo es estar enamorado". Él, hacía muchos años que lo estaba. No era un amor intrépido, avasallador, impetuoso, arrasador como un torrente desbordado, que siempre resulta tan vistoso. (Desde el romanticismo p´acá, un amor desgarrado siempre vende).
No, él simplemente estaba enamorado de su mujer, con un amor suave y fluido, atemperado por los años, con la placidez de un río en sus últimos meandros. Vamos, un amor añoso pero todavía en muy buen uso.Pensó que con estas mimbres aún se podría urdir un buen cesto. Y, dadas las circunstancias, lo más lógico era optar por la poesía lírica. A un poeta enamorado siempre le queda el recurso fácil de lanzar endechas a la amada; compararla, por ejemplo, con una rosa, a sus dientes con perlas, a sus labios con un "rubí partido por gala en dos", y demás cursiladas al uso.Y sino, echar mano de la intertextualidad, que es la manera más sutil de cambiar de nombre al plagio.Pero un día leyó a François Marie Arouet; alias Voltaire, y gracias a él se enteró que "el primero que comparó a una mujer con una rosa, era un poeta, el segundo, un imbécil".
Conviene siempre tener esto en cuenta, máximo en esta época en que hay más poetas que lectores de poesía y que la mayoría empieza la casa por el tejado: escribir poesía sin haber leído poesía. Es como si alguien se decide a ser escritor sin haber aprendido a leer.Esto le desanimó muchísimo y decidió pasarse a la prosa que, pensó, siempre sería más socorrida.A la larga, todo consistía en mirar a la vida en sus más simples manifestaciones y retratarla.Pero, en su manía de seguir leyendo, otro día vio en un diario unas declaraciones de Saramago: "He sido consecuente todos los días de mi vida". Esto, dicho así, en plan solemne y trascendente, por un premio Nobel, la verdad, acojona. Ser consecuente uno consigo mismo, y todos los días de la vida, aparte de cansado, debe resultar difícil, aburrido y, en definitiva, una chorrada. Y, al final, para qué; la vida misma es una continua inconsecuencia. Estamos cansados de ver cómo hoy se dice una cosa y mañana la contraria; casi ni se nota y siempre resulta convincente. No se sentía capaz de retratar la vida de una manera tan seria tan consecuente.Decidió entonces dedicarse a la literatura de evasión: novela negra, novela histórica, de suspense, de misterio, que siempre admitiría más fantasía, aunque fuese recurriendo al disparate. Consultó la lista de libros más vendidos y comprobó que estos son los que más dividendos aportan.Procuró documentarse y ambientarse lo más adecuadamente posible. Incluso, para que la situaciones resultaran verídicas, no tuvo reparos a someterse a si mismo a situaciones extremas; a emociones fuertes.Como la cosa iba a ir de muertes, acudió a una armería, se compró una pistola y volvió armado a su casa. Se sentó cómodamente en un sillón, se llevó la pistola a la sien....apretó el gatillo, sonó un ruido opaco: ¡¡¡PUUUUMMMM!!!, y...
Nada, no ocurrió nada. Lo único, que se había metido tanto en situación, que se olvidó de que la pistola, que era de juguete, no podía estar cargada. Pero él mismo, de modo incomprensible, se asustó. Y del miedo, se le escapó una ventosidad.
Ante lo ridículo de la situación, desengañado, decidió, muy bien aconsejado por Ortega y Gaset de quien también había leído: " en los tiempos presentes, la mayor obra filantrópica que se puede acometer es no publicar textos superfluos". Y abandonó la literatura. No merecía la pena pasarse la vida como un imbécil, como un inconsecuente, para que, al final, lo más sonoro que le saliese, fuera un pedo.