lunes, 22 de diciembre de 2008

La última esperanza.

Se besarán,
serán arrebatados
por el leve peso del espasmo
de una ceguera lúcida.

Se olvidarán
del pasar de la gente,
los ruidos y la noche.

Pasearan su amor por la aceras
rozando las esquinas.
Crearán santuarios indelebles
porque, donde un hombre
y una mujer se aman
bendito es el sitio para siempre.

Dejarán pasar el último tranvía
ajenos al tiempo y la lluvia
que bautiza las palabras nuevas
que estrenan ese día.
Se agarrarán la mano
como se ase la hiedra a los muros olvidados.
y vivirán la gloria
de un dios alado que pasa y los saluda.

Sedentaran los bancos angostos de los parques
recónditos.
Se mirarán de frente y, asustados,
no entenderán el temblor con que amanecen.

Sembrarán de hierba y sombra los arriates
preñados de lirios amarillos escondidos.

Sementarán la tarde y sus premuras
con urgentes llamadas a las lunas
que fulgentes les circundan.

(Miro a través de mi ventana
e izo una bandera que saluda
la llegada de los clamores nuevos).

Llenarán de esplendor su primavera
mientras yo siento que mi otoño, macilento,
se revuelve en su sima y reverdece.

Se besarán,
serán amigos de ríos de mares y de brisas.
Poseerán la tierra
y los dioses
inclinarán sumisos la cabeza
ante un sueño
de nuevo amor que crece y los destrona.

martes, 23 de septiembre de 2008

Poetas leoneses.

Poetas leoneses.

Antonio Gamoneda.

Mañanas puras y frías
de los campos de León,
mañanas que sois mañanas
también en el corazón.


Si os cruzáis con los hombres cuando vuelven
al pueblo rojo con la tarde encima,
si contempláis sus rostros
secos y arados como tierra viva,
comprendéis el destino y el cansancio.


Blues del Cementerio.

Conozco un pueblo --no lo olvidaré--
que tiene un cementerio demasiado grande.
Hay en mi tierra un pueblo sin ventura
porque el cementerio es demasiado grande.
Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.
No sé para qué tanto cementerio.
Cierto año la gente empezó a irse y en muchas casas no quedaba nadie.
El año que la gente empezó a irse
en muchas casas no quedaba nadie.
Se llevaban los hijos y las camas.Tenían que matar los animales.
El cementerio ya no tiene puertas
y allí entran y salen las gallinas.
El cementerio ya no tiene puertas
y salen al camino las ortigas.
Parece que saliera el cementerioa los huertos y a las calles vacías.
Conozco un pueblo. No lo olvidaré.
Ay, en mi tierra sin ventura,no olvidaré a mi pueblo.
¡Qué mala cosa es haber hecho
un cementerio demasiado grande!

Andrés Trapiello.

Ya es ayer

Caminamos de niños por las calles
sombrías de León, en plena noche.
Hasta la luz es eco, y nuestros pasos.
Los lóbregos portales, tan angostos.
Hepáticas farolas. Nuestras sombras.
Tan estrechas y tan largas. Nos creemos
batusis, y jugamos. A pisar
nuestra sombra, saltando por encima.
A quedarnos sin sombra, y ser felices.
A mostrar nuestra sombra en la de al lado,
y entre los niños uno, oscuramente,
ha comprendido acaso que los hombres
podrían ser iguales y fundirse
sin daño, de ser sombra. En tales rúas,
las más tristes del mundo, las más lúgubres.
Y seguimos jugando. Por delante,
hacia el mar, que es el morir, las sombras
cada vez más en fuga, como ríos.
Y corremos tras ellas. Y reímos
al ver que nuestras sombras son un huso
que va hilando los sueños silenciosos.
Igual que un horizonte. Inalcanzables.
Jugamos a que nunca llegaría
un día como hoy, pero ha llegado.
Y son más nuestras sombras que nosotros.


Julio Llamazares.

“Caminamos a tientas entre la maleza de mimbres y almanaques porque somos cazadores furtivos en los bosques del tiempo”.

“La primera ley está escrita sobre la corteza de los abedules y existe una medida convenida de antemano por si el cansancio llega.
Qué importa, pues, que el paisaje se rompa antes de tiempo o que zarzales rojos obstruyan las salidas de los lados.
Llega un momento en que la duda no sirve de moneda”.

De nuevo llega el mes de las avellanas y el silencio.
Otra vez se alargan las sombras de las torres, la plenitud azul del huerto familiar.
Y en la noche se escucha el grito desolado de las frutas silvestres.
Sé muy bien que éste es el mes de la desesperanza.
Sé muy bien que, tras los mimbres lánguidos del río, acecha un animal de nieve.
Pero era en este mes cuando buscábamos orégano y genciana, flores moradas para aliviar las piernas abrasadas de las madres.
Y recibo el recuerdo como una lenta lluvia de avellanas y silencio.

Hace ya mucho tiempo…

Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, entre zarzas quemadas y pájaros de nieve.
Hace ya mucho tiempo que camino hacia el norte, como un viajero gris perdido entre la niebla.
La verdad cifrada dejé atrás: el humo denso y obsequioso de los brezos y la alegría de mis padres en el anochecer.
En el camino del norte, sin embargo, sólo mendigos locos acompañan.Duermo bajo sus capas en las noches de invierno.
Les digo este relato para ahuyentar el miedo.


La lentitud de los bueyes –
Julio Llamazares.

Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad
cuando perdió sus ganados y sus pastos.
Durante mucho tiempo mis antepasados cuidaron sus
rebaños en la región donde se espesan el silencio y la retama.
Y no tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria
que el olvido.
Caliente está la piedra donde bebían la sangre de
sus vides al caer de la tarde. Pero qué lejos todo si
recuerdo.
Qué lejos de mí la región de las fuentes del tiempo, el
lugar donde el hombre nace y se acaba a sí mismo como
una flor de agua.
Ellos no conocían la intensidad del fuego ni el desamor
de los árboles sin savia.
Los graneros de su pobreza eran inmensos. La lentitud
estaba en la raíz de su corazón.
Y en su sosiego acumularon monedas verdes de esperanza
para nosotros.
Pero el momento llegó de volver a la nada cuando los
bueyes más mansos emprendieron la huída y una cosecha
de soledad y hierba reventó sus redes.
Ahora apacientan ganados de viento en la región del
olvido y algo muy hondo nos separa de ellos.
Algo tan hondo y desolado como una zanja abierta en
la mitad del corazón.




Antonio Pereira.

Soy de una tierra fría, pero hermosa.
Aquí la nieve, la esperanza helada
De que se alumbre en cada madrugada
El destino difícil de la rosa.

Casa

Y todo es más sencillo. Las palabras
contienen el misterio, no hace falta
oscurecerlas con las (malas) artes,
son más profundas cuanto son más claras.
coge un lápiz de niño si con alma
de niño, y una puerta y dos ventanas
dibujarás casi sin darte cuenta
con su tejado, y aún no será una casa.
Sólo cuando la nombres. Una casa,
la casa, nuestra casa, casa.
Por más que lo imagines, esa cosa
nunca pudo llamarse de otro modo
que no fuera sus dos sonidos, casa,
dentro posee el fuego
y una madre y ropa pero tú no tienes
que enumerarlo, casa, te basta casa.
Como hubiera podido ser: caloche,
o lipa o manderés,
únicamente casa, y sobran
otras señales de la casa: casa.

Mercedes Ortigosa Bueno.

Amanecida de sol convaleciente,
alborada de gallos.
salen en ruedo disforme las carretas,
amanecida de pueblo solitario.

La vieja oscura se va a sus letanías,
el médico a sus muertos,
el hombre a su silencio entre los surcos,
regados de sudores milenarios.

Se van los hombres de esta tierra
que les muerde la vida
y les raciona el pan,
buscando hondas raíces
como la errante hiedra.


Octavio.

Raíces.

Soy hermano del canto rodado y de la arena,
del cardo corredor y de la avena loca.
Soy simiente silvestre al margen de la era.

Soy hijo de hombres desterrados
en un páramo de malvas y centeno,
surcados por ríos con caudal de piedra.

Paisano fugaz de la cigüeña;
huérfano de la luz y la caricia
en una infancia que creció desde el secano.

Mis pies rozaron en el cáñamo,
hinqué la rodilla en el esparto
y mi traje mejor fue la estameña.

Conservo el germen de un estoico
modo de mirar al cielo, y tengo
un frío miedo que no muestro.

Tengo picor de queso viejo en la garganta
y regusto a vino agrio. Tengo
el paladar de los abruños
envuelto en el amargor de los recuerdos
y en el frío abrasador de los carámbanos.

Voy rompiendo el blanco marmóreo de la escarcha,
siguiendo la huella de los bueyes,
buscando entre terrones tétricos
el curso antiguo y las arrugas nuevas
de los surcos y los hombres.

Amanecer en el páramo.

No hay muro que le impida
besar cada mañana,
al sol, la tez morena de la tierra.
Una suave caricia desparrama
en su luz germinal. Todo está en llama.
Una explosión de júbilo proclama
un nuevo día bañado en el rocío,
y yo hago míoel canto de la alondra tempranera.
La llana paramera
ensancha los pulmones. Los azores
trocean el cielo con sus vuelos,
rozando la cima a los oteros.
No hay flores en los campos, sólo espigas, pero añoran
el purpúreo beso de las amapolas.
Camino a solas con la brisa
rozándome la cara. Y la tímida luz
apenas me permite ver lejana
la esbelta silueta de una ermita.
Agradezco al cielo esta paz que me permite
sentirme lleno del cielo y de la tierra.
Sentirme pan candeal con las espigas;
sentirme cielo azul con los azores;
sentirme trovador con las alondras.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Reflexiones en voz alta.

Reflexiones en voz alta, sobre el ser o no ser…

“Estas, señor, son las reflexiones de un Dudante sin suerte, pero tampoco con desventura” C.J.C.

Cuando André Gide me dijo que el “buenismo”, los buenos sentimientos y las buenas intenciones, eran los mejores ingredientes para hacer una pésima literatura, me planteé si debía seguir escribiendo sobre cualquier cosa, sobre todo si debía escribir más poemas de amor.
El amor es un poema en sí mismo y se escribe él solo y sin palabras. Es como la rosa de Juan Ramón Jiménez:”no tocarla más que así es la rosa”. Al que conoce el amor, basta con nombrárselo para que se estremezca. El que no lo conoce, se le nombre como se le nombre, seguirá insensible. Todas las historias de amor son una misma historia. Esto no lo dice el Dudante que, como su nombre indica, duda; lo dijo Guy de Maupassant. Entonces, el mejor poema de amor sería algo así como: “El amor es el amor es el amor es el amor….”, o sea, como la rosa de Gertrude Stein.
El amor y la rosa, no sé porqué, van siempre unidos; forman ya parte de una iconografía machacona e inevitable, junto con la luna, las estrellas, la noche, el céfiro, el azul, los ojos, la piel , el aliento y los labios. Uno empieza a sospechar que, donde se dice amor se quiere decir sexo, que es lo mismo pero no del todo.
Por eso me alegré cuando Vicente Huidobro me advirtió: “No cantes a la rosa (al amor); hazla florecer en el poema”. Entonces pensé que, tal vez, la misión del poeta es similar a la de la abeja: libar los néctares del amor, de la rosa, del hombre, del mundo, de las cosas… y con ellos segregar la miel esencial de un poema nuevo y distinto y verdadero.
Pero eso me planteó una nueva problemática: ¿Seré capaz de hacerlo? ¿Sabré abjurar de la senda trillada, de la palabra vana, de la palabra muerta e inconexa? ¿Tendré valor para asumir el riesgo y adentrarme hasta el fondo de la caverna donde se esconde la madre del misterio?
No quisiera seguir engañándome. La belleza se basa en la verdad y en la coherencia para con la poesía, para con los demás y para con uno mismo. Hasta la imaginación más desbordante y las imágenes más arriesgadas y brillantes, los fuegos de artificio, pueden caer en el más espantoso de los ridículos si no están sometidas a una subliminal coherencia. El “aquí vale todo”, puede llegar a dar el pego y engañar a muchos; …a todos…menos al que lo escribe.
No valen las buenas voluntades; las buenas intenciones sólo sirven para empedrar el suelo del infierno.
He aquí la cuestión: ¿Ser o no ser poeta?
Me lo estoy pensando, pero creo que le decisión es mía y que más pronto que tarde, tendré que tomarla. Seré coherente.

Bien, tampoco pasa nada por jugar durante un tiempo a esta ruleta, aunque, al final, se pierda, pero es una gilipollez ir de poeta por la vida, sin serlo.

Esto es lo que el Dudante piensa, pero ignora si lo que piensa puede servir a los demás.


*Es difícil comentar estas elucubraciones tan personales y tan sujbetivas. Tan subjetivas como subjetivos son algunos de los términos que se emplean. Convendría aquilatar algunos de ellos, aunque no sé si soy capaz, ni si tengo tiempo para ello.Creo que no se puede contraponer "buenismo" con "malditismo". Gide, cuando habla de "buenismo" se refiere al intento de resolver los problemas del mundo, desde la literatura, a base de buenas intenciones y tiñéndolo todo de color de rosa. Una especie de "beatismo" o de gazmoñería literaria. Enfocarlo todo desde un maniqueismo en el cual uno tiene muy claro quién y qué es lo "bueno" y se apunta al bando. El mundo, el hombre no es totalmente bueno ni totalmente malo. Existe un color que se llama gris.Estoy de acuerdo en se puede hacer mala o buena literatura desde cualquier posición y no comulgo con el malditismo sistemático ni con el buenismo sistemático.Creo que hay un eclécticismo intermedio en al que cabe lo bueno y lo malo. No creo que la alegría y la bondad sea patrimonio exclusivo de los "buenistas", ni que la tristeza, la ruina y la abyección, sean patrimonio exclusivo de los "malditos". Pero todas esas cosas existen en el mundo y mezclándolas adecuadamente ¡qué difícil! serían otros los resultados.Pero, en fin, yo me refería más a la poesía, que es mi problema. Publico en varios foros, aparte de El Recreo, mis paridas, generalmente tristes y a veces desgarradas. Me llama la atención que el 90% de los escasos comentarios que provocan, se refieren, más que a las características literarias, a darme consejos "bienintecionados y buenistas", para sacarme del pozo de la tristeza.Tal vez no merezca esto más comentarios.

martes, 2 de septiembre de 2008

Escritor consecunte.

Elpidio era lo que podríamos llamar un hombre corriente; era un hombre cumplidor. Cumplía sin gran esfuerzo sus obligaciones laborales; cumplía, ya fuera por convicción, por costumbre o por puro atavismo, sus deberes religiosos. Cada cuatro años cumplía con el deber cívico de ir a votar; eso sí, cada vez a un partido distinto porque no acababa de encontrar el centro. Hasta cumplía con periódica regularidad y con su cierto aquel, aunque sin gran entusiasmo, su débito conyugal.
Veraneaba, “comme il faut” en Benidorm, compartiendo colmena con los mismos inquilinos que en su vivienda habitual.
Los domingos acudía al estadio a ver perder “comme il faut” al Atlético de Madrid.
Los viernes, salía a cenar en cuadrilla con los mismos matrimonios de siempre, al mismo restaurante y siempre siguiendo la misma ceremonia: los hombres a una parte, hablando de fútbol o de politiquerías, y las mujeres a otro, haciendo recuento exhaustivo de los casos de cuernos habidos en la última semana.
Lo sábados, sabadetes…cumplía (comme il faut). O sea, un hombre normal.

Hasta que le dio por leer. Y es que uno nunca sabe dónde puede acechar el peligro.A Elpidio nunca le gustó alardear de culto y de erudito. Bien es cierto que, curiosidad tenía mucha y leía de vez en cuando. Pero nunca había tenido tiempo suficiente como para pensar en ponerse a leer en serio y mucho menos en la posibilidad de ponerse a escribir.Un día, en un foro de Internet, se enteró de que "cualquiera puede ser escritor". (Hay gente muy optimista).-¿Y por qué no yo?- se dijo.También había leído en algún sitio que "la máxima plenitud de estar vivo es estar enamorado". Él, hacía muchos años que lo estaba. No era un amor intrépido, avasallador, impetuoso, arrasador como un torrente desbordado, que siempre resulta tan vistoso. (Desde el romanticismo p´acá, un amor desgarrado siempre vende).
No, él simplemente estaba enamorado de su mujer, con un amor suave y fluido, atemperado por los años, con la placidez de un río en sus últimos meandros. Vamos, un amor añoso pero todavía en muy buen uso.Pensó que con estas mimbres aún se podría urdir un buen cesto. Y, dadas las circunstancias, lo más lógico era optar por la poesía lírica. A un poeta enamorado siempre le queda el recurso fácil de lanzar endechas a la amada; compararla, por ejemplo, con una rosa, a sus dientes con perlas, a sus labios con un "rubí partido por gala en dos", y demás cursiladas al uso.Y sino, echar mano de la intertextualidad, que es la manera más sutil de cambiar de nombre al plagio.Pero un día leyó a François Marie Arouet; alias Voltaire, y gracias a él se enteró que "el primero que comparó a una mujer con una rosa, era un poeta, el segundo, un imbécil".
Conviene siempre tener esto en cuenta, máximo en esta época en que hay más poetas que lectores de poesía y que la mayoría empieza la casa por el tejado: escribir poesía sin haber leído poesía. Es como si alguien se decide a ser escritor sin haber aprendido a leer.Esto le desanimó muchísimo y decidió pasarse a la prosa que, pensó, siempre sería más socorrida.A la larga, todo consistía en mirar a la vida en sus más simples manifestaciones y retratarla.Pero, en su manía de seguir leyendo, otro día vio en un diario unas declaraciones de Saramago: "He sido consecuente todos los días de mi vida". Esto, dicho así, en plan solemne y trascendente, por un premio Nobel, la verdad, acojona. Ser consecuente uno consigo mismo, y todos los días de la vida, aparte de cansado, debe resultar difícil, aburrido y, en definitiva, una chorrada. Y, al final, para qué; la vida misma es una continua inconsecuencia. Estamos cansados de ver cómo hoy se dice una cosa y mañana la contraria; casi ni se nota y siempre resulta convincente. No se sentía capaz de retratar la vida de una manera tan seria tan consecuente.Decidió entonces dedicarse a la literatura de evasión: novela negra, novela histórica, de suspense, de misterio, que siempre admitiría más fantasía, aunque fuese recurriendo al disparate. Consultó la lista de libros más vendidos y comprobó que estos son los que más dividendos aportan.Procuró documentarse y ambientarse lo más adecuadamente posible. Incluso, para que la situaciones resultaran verídicas, no tuvo reparos a someterse a si mismo a situaciones extremas; a emociones fuertes.Como la cosa iba a ir de muertes, acudió a una armería, se compró una pistola y volvió armado a su casa. Se sentó cómodamente en un sillón, se llevó la pistola a la sien....apretó el gatillo, sonó un ruido opaco: ¡¡¡PUUUUMMMM!!!, y...
Nada, no ocurrió nada. Lo único, que se había metido tanto en situación, que se olvidó de que la pistola, que era de juguete, no podía estar cargada. Pero él mismo, de modo incomprensible, se asustó. Y del miedo, se le escapó una ventosidad.
Ante lo ridículo de la situación, desengañado, decidió, muy bien aconsejado por Ortega y Gaset de quien también había leído: " en los tiempos presentes, la mayor obra filantrópica que se puede acometer es no publicar textos superfluos". Y abandonó la literatura. No merecía la pena pasarse la vida como un imbécil, como un inconsecuente, para que, al final, lo más sonoro que le saliese, fuera un pedo.

miércoles, 23 de julio de 2008

Mero como animal de compañía.

No recuerdo cuál podía ser mi estado de blandura de ánimo, o qué estratagemas usaron mi mujer y mis hijos para convencerme de que les llevara aquel sábado a la playa. La vedad es que el día, con un cielo azul y un sol brillante, era propicio. Pero ellos y yo sabemos que, si alguien me quiere mortificar con algo, lo de ir a la playa es el mejor modo y el más adecuado tormento. No soporto las multitudes; no aguanto las indecisiones de las olas, que nunca se sabe si van o vienen; no soporto las comidas familiares de camping sobre la arena, ya que, lleves lo que lleves, acabas comiendo siempre escalope rebozado de arena. Me huelen mal las cremas protectoras y no entiendo por qué hay que ponérselas, después de que se han inventado las sombrillas y que, como todo mundo sabe, lo mejor del sol es la sombra. No comprendo esa actitud de San Lorenzo el Tostado: media hora cara la sol (y sin camisa, ni nueva ni vieja) y media hora con el culo al sol, acumulado papeletas para la rifa de un cáncer de piel.
Pese a todo, aquel día, o yo estaba tonto o la presión debió ser muy intensa, puesto que accedí.
Cuando llegamos y una vez establecida nuestra base de operaciones, después de los consabidos codazos y zancadillas para hacernos con una parcela adecuada para la numerosa prole, ellos se fueron a su aire y yo me quedé leyendo tranquilamente, a la sombra, por supuesto.
Fue entonces cuando se me acercó aquel hombre a saludarme. Yo sabía que aquella cara me resultaba conocida pero no sabía de qué. Hube de pensar un rato y esperar a que me hablara para ubicarlo definitivamente.
Era Sabino, un viejo arrantzale de Ondarroa a quien sí que conocía pero por razones profesionales.
-Hombre, Don José, ¿Vd por aquí?-
-Ya ves, Sabino, aquí, un poco aburrido y aguantando, pero todo sea por la paz familiar-
La conversación continuó con lo tópicos de rigor y las adecuadas alusiones al buen tiempo que hacía y lo abundante que había venido la costera de la anchoa el año pasado; no como la de este año, que no había entrado nada.
Acabé de rehacer su historia cuando me dijo:
-Yo, Don José le estoy muy agradecido de cómo se portó Vd. cuando lo del ataque de “la pendiz” a mi hijo. Si no llega a ser por Vd, seguro que no lo cuenta-
Yo, haciéndome el modesto, le contesté:
-Bueno, Sabino, tampoco es para tanto. La juventud lo aguanta todo y su hijo es joven-
-No obstante,- me replicó- yo sería muy gustoso de que me aceptara un pequeño obsequio. Ya sabe que los años no me permiten salir a la mar, pero con la caña, y desde la orilla, todavía me apaño y de vez en cuando hago de las mías-
Y decía esto al tiempo que, de un cubo que llevaba en la mano, extraía un mero, tamaño XXL, que aún coleteaba, pese a la herida del anzuelo y la descomunal lucha que debió ser sacarle del mar.
-Es para Vd-.Yo, me hacía el remolón, aunque en el fondo, se me estaban revolucionando los jugos gástricos, imaginándome aquel bicho, dorándose en el horno sobre un lecho de patatas panadera.
Mis hijos, que debían haber presenciado la escena desde lejos, aparecieron súbitos y, entonces, ya no hubo lugar a más discusiones:
-Se lo regalo a ellos y punto-.
Ya se había ido Sabino y mis hijos, alucinados porque el pez seguía vivo, decidieron prolongar su agonía y lo metieron en la piscina de plástico hinchable en la que jugaban los más pequeños. Con los cubos, la medio-llenaron de agua de mar y depositaron allí aquel “marrajo”.
El problema surgió a la hora del regreso. El pez parecía cada vez más vivo y, ¡a ver quién era el chulo que, delante de aquellas miradas inocentes e ilusionadas, se decidía a acabar con él.
Tuve que pasar por el aro y consentir que, con piscina y todo, se alojara el dichoso mero en la parte posterior de la Vanette que, dado la numerosa prole, me veía forzado a usar en estos casos.
La sorpresa fue mayor cuando, al llegar a casa, lo cosa seguía igual. No tuve más remedio que aguantar e improvisar, en un rincón del garaje de la Vanette, un sitio donde dejar la piscina con el pez dentro, que seguía nadando en el corto espacio que la piscina le dejaba y parecía feliz. Allí quedó y nos fuimos a casa.
Al día siguiente, pese a que era domingo y no había colegio, mis hijos, de por sí rácanos a la hora de levantase, se dieron un madrugón de los que marcan hito.
Bajaron las escaleras de cuatro en cuatro y…allí seguía, vivito y coleando. Yo creo que hasta el pez, dio un salto de alegría al verlos.
Y aquí empieza otro problema: Siempre me negué a que entraran animales mascota en mi casa, pese al empeño, ruegos, llantos y lamentaciones de todos. Yo siempre me mantenía firme y me zafaba diciendo que no admitiría en mi casa más que a un pulpo como animal de compañía.
Estaba claro que aquello no era un pulpo, pero era del mar y, según ellos, se le aproximaba bastante.
Con la esperanza de que aquello fuera cosa de un rato, lo que tardara el pez en morir, no opuse demasiada resistencia.
Pero: ¡qué equivocado estaba yo! Pasó un día y oto día y aquel pez no se moría. Es más, aprendió a saltar fuera de la piscina y daba saltos por el suelo como un loco cada vez que los niños se le acercaban. Cada vez pasaba más tiempo fuera del líquido elemento y, aquello, en lugar de debilitarle, parecía fortificarle.
A mí, que soy más escéptico para estas cosas que el primo de Rajoy, me empezó a entrar la duda si algún sensor genético incorporado no les estaría avisando a estos
animalitos del inexorable cambio climático y estaban ya preparados para la terrible catástrofe que se avecina: el momento en que, mares, lagos y ríos y demás acúmulos
acuíferos desaparecieran de la faz de la tierra y una pertinaz sequía nos condujera a una inapelable catástrofe. Y, ellos, previsores, llevaran tiempo preparándose para sobrevivir a la tragedia.
Como la cosa continuaba, no hubo más remedio que admitir mero como animal de compañía. La verdad es que apenas molestaba. Se conformaba con cualquier cosa. Primero, pensando en que venía del mar, le alimentábamos con ostras, percebes, almejas y pequeñas gollerías de este orden. Al final de mes, nos dimos cuenta de que el presupuesto no cuadraba y hubo que ir rebajando el pistón.
No hubo demasiados problemas. La verdad es que era un pez muy bueno y nos comía muy bien y de todo. Le daba igual conguitos que lacasitos, que donuts, e incluso algún tigretón.
Decidieron ponerle nombre y, dado su tamaño, mis hijos, que son unos coñones, le llamaron irónicamente chanquete, que era el pez más pequeño que conocían. Le compraron un collar con lacito, una correa y, dado que
necesitaba cada vez menos el agua, decidieron sacarlo a pasear por parques y jardines, entre el alborozo y la perplejidad del público en general.

Y así trascurría, sin sobresaltos, aquel largo y plácido verano azul, sin acontecimientos relevantes ni dignos de mención. El pez era muy bueno y se portaba muy bien: no daba guerra, nos comía muy bien, nos dormía muy bien y ni un solo día mojó la sabanita, lo que hizo nacer en mi la duda de si los peces mean o sólo traspiran.
Por ello, cuando mis hijos hablaron de llevar a su mascota a que visitara su lugar de origen, me encontré sin
argumentos para objetar nada al respecto. Montamos todo el equipo pertinente en la Vanette y allá que nos fuimos, a la playa de Ondarroa. Establecimos el campamento, yo me puse a leer, a la sombra, por supuesto, y los niños, con el collar de lacito y la correa puesta, se llevaron al mero para que jugueteara a sus anchas.
Enfrascado como estaba en la lectura, no presté demasiada atención a aquellos gritos desgarradores de ignota procedencia: ¡¡¡¡Chanqueeeeteee haaa muertoooo!!!¡¡¡¡¡Chanqueeeetee haa mueertooo!!!
Pensé que el pesado de Mercero, emperrado como está en que todos los veranos tienen que ser azules, volvía, un año más, a darnos el coñazo e intentar hacernos llorar con el espectáculo de un Piraña, un Tito, una Julia, un Javi, una Desy…..desolados.
Pero no; volví la vista hacia la playa y me encontré a mis hijos desencajados y con el pez inmóvil en sus brazos.
Era cierto. Había muerto Chanquete, el mero, ahogado en una playa del Cantábrico.
Desde entonces, ni he vuelto a la playa, ni he vuelto a probar mero al horno sobre lecho de patatas panadera.

sábado, 31 de mayo de 2008

ESTO NO ES UN BLOG.

Viajante al que el azar hasta aquí te condujera: detén el paso y regálame un minuto.
Esto, si es que es un blog, es un blog incógnito. Sólo yo, y ahora tú, lo conocemos.
Hagamos un experimento sociológico. Veamos si un blog es un medio útil para la difusión de nuestra ideas, en el hipotético caso de que tuviéramos ideas.
Tengo para mí que los únicos lectores de un blog, son los amigos y parientes del blogista, a los que, previamente, se les ha dado la tabarra para que se pasen por él.
En este momento en que los blogs nacen como las setas después del aguacero, y que tocamos a cuatro blogs por cada habitante de la tierra, me pregunto ¿para qué?
Este blog no lo conocen ni mis amigos ni mis parientes. Si has llegado hasta aquí, sólo te pido que dejes tus anónimas huellas y continúes tu marcha, manteniendo el secreto. Te quedaré etrnamente agradecido.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El regreso.

Son los mismos páramos huraños, labrados por labriegos harapientos. En un espasmo, el tiempo parece colapsado y es la misma atmósfera enlatada. El mismo leve viento que llevaba, rodando, los cardos corredores.
No ha cambiado nada desde el día ¡aquel lejano día! en que, hastiado del tedio, de la infinita quietud de la monotonía, salí precipitado, como quien sale huyendo, de un páramo yermo, hacia una libertad imaginada, detrás de un horizonte sin fronteras donde hubiera otros cielos, otras tierras, otros soles distintos, con que saciar el ansia de quimera.
Unas lágrimas de madre acongojada, no fueron el freno suficiente. Solamente hicieron más dura la partida.
Hoy recorro la senda nuevamente; la larga senda que conduce desde la vieja estación, al borde del abandono y del olvido, hasta el triste cementerio en ruinas que, impávido, aguanta las incurias del tiempo, en el límite entre el campo y las casas del borde de la aldea.
Y yo soy el que vuelve desgranando los recuerdos a lo largo del camino. Yo soy aquel desarraigado indómito, el bulto negro del rebaño blanco, que fue el tormento y el llanto de una madre callada, resignada y hacendosa, amante del orden y el aseo; del hogar y la casa. Yo soy el niño de las greñas rebeldes y alérgicas al peine, de las rodillas sucias, desconchadas en cruentas batallas con el polvo y con la tierra. Aquel a quien cada día su madre repetía:-Lávate la cara y péinate, que más pareces el hijo olvidado por un vagabundo descarriado-.
Los soles y los cielos y las tierras tan lejanas, atrás quedaron y no eran propicios ni brillantes. Eran falsos diamantes. El soñado paraíso sólo era un falso país de fábula y de cuento. Lo formaban convulsas multitudes corriendo solas a ninguna parte. Eran caras de máscaras aisladas que no tenían tiempo de parase y mirarse entre ellos ni a la cara ni a los ojos. Eran como huevos en banasta, aislados en sus cáscaras. Eran colmenas izadas contra el cielo. Eran sonidos estridentes y músicas sintéticas que obstruían el paso a las baladas y al canto de los pájaros. Eran luces de neón multicolores, intermitentes, neuróticas, que opacaban el brillo a las estrellas.Dando tumbos por el mundo adelante dejé un rastro de historia errática, vacilante, víctima del desamor y el desarraigo. Y son sus huellas evidentes el mapa dibujado en mis venas con trazos morados, dehiscentes, violentos, que agujas inexpertas trazaron en mis brazos al sur de la epidermis. O este tabique nasal tan taladrado por túneles siniestros.Por eso, al recibir la funesta noticia de tu muerte, vuelvo a rendirte un único homenaje que aún queda al alcance de mi mano.. Me he lavado la cara y me he peinado –para que no te enfades-. Me he rapado la barba y, con gran esfuerzo, intenté domarme el cabello, que es lo único rebelde que me queda. Me he puesto el traje nuevo y los zapatos limpios, aunque el polvo del camino, nuevamente, los haya mancillado. He comprado flores frescas que el viento de la tarde, con su calor agreste, ha ajado.
Aquí estoy, ya sé que demasiado tarde, delante de tu tumba y aquí quedan, sobre la tierra recientemente removida, ese ramos de flores. Ya sé que no es bastante. Ya sé que no podré pagarte el llanto y la desdicha. Pero es un último intento para lavar mi imagen. Aún recuerdo cuando padre y tú me reprochabais mi mundo de fantasmas. Yo os miraba lejano, creyéndome maduro y no sabía que me había saltado y alterado el ritmo de los estadios y sin estar maduro, pasé de estar verde a estar podrido.
Y ahora veo, que la tierra está húmeda. Tal vez las lágrimas, tanto tiempo calladas, detenidas, han brotado en tromba de tus ojos cerrados y han mojado la tierra.Tal vez sea por ello que las flores, que parecían marchitas, se han tornado de una nueva apariencia; brillante y turgente, como si una sabia nueva, renacida, les hubiese surgido con tus lágrimas, que esperan, tal vez, a juntarse con las mías, que están secas…que no brotan.
Como un quejido, rasgó el silencio el pitido de un tren que se alejaba rompiendo el horizonte hacia un país maravilloso donde el cielo, el sol y la tierra son distintos pero que yo estoy seguro que no existe.