lunes, 22 de diciembre de 2008

La última esperanza.

Se besarán,
serán arrebatados
por el leve peso del espasmo
de una ceguera lúcida.

Se olvidarán
del pasar de la gente,
los ruidos y la noche.

Pasearan su amor por la aceras
rozando las esquinas.
Crearán santuarios indelebles
porque, donde un hombre
y una mujer se aman
bendito es el sitio para siempre.

Dejarán pasar el último tranvía
ajenos al tiempo y la lluvia
que bautiza las palabras nuevas
que estrenan ese día.
Se agarrarán la mano
como se ase la hiedra a los muros olvidados.
y vivirán la gloria
de un dios alado que pasa y los saluda.

Sedentaran los bancos angostos de los parques
recónditos.
Se mirarán de frente y, asustados,
no entenderán el temblor con que amanecen.

Sembrarán de hierba y sombra los arriates
preñados de lirios amarillos escondidos.

Sementarán la tarde y sus premuras
con urgentes llamadas a las lunas
que fulgentes les circundan.

(Miro a través de mi ventana
e izo una bandera que saluda
la llegada de los clamores nuevos).

Llenarán de esplendor su primavera
mientras yo siento que mi otoño, macilento,
se revuelve en su sima y reverdece.

Se besarán,
serán amigos de ríos de mares y de brisas.
Poseerán la tierra
y los dioses
inclinarán sumisos la cabeza
ante un sueño
de nuevo amor que crece y los destrona.