No recuerdo cuál podía ser mi estado de blandura de ánimo, o qué estratagemas usaron mi mujer y mis hijos para convencerme de que les llevara aquel sábado a la playa. La vedad es que el día, con un cielo azul y un sol brillante, era propicio. Pero ellos y yo sabemos que, si alguien me quiere mortificar con algo, lo de ir a la playa es el mejor modo y el más adecuado tormento. No soporto las multitudes; no aguanto las indecisiones de las olas, que nunca se sabe si van o vienen; no soporto las comidas familiares de camping sobre la arena, ya que, lleves lo que lleves, acabas comiendo siempre escalope rebozado de arena. Me huelen mal las cremas protectoras y no entiendo por qué hay que ponérselas, después de que se han inventado las sombrillas y que, como todo mundo sabe, lo mejor del sol es la sombra. No comprendo esa actitud de San Lorenzo el Tostado: media hora cara la sol (y sin camisa, ni nueva ni vieja) y media hora con el culo al sol, acumulado papeletas para la rifa de un cáncer de piel.
Pese a todo, aquel día, o yo estaba tonto o la presión debió ser muy intensa, puesto que accedí.
Cuando llegamos y una vez establecida nuestra base de operaciones, después de los consabidos codazos y zancadillas para hacernos con una parcela adecuada para la numerosa prole, ellos se fueron a su aire y yo me quedé leyendo tranquilamente, a la sombra, por supuesto.
Fue entonces cuando se me acercó aquel hombre a saludarme. Yo sabía que aquella cara me resultaba conocida pero no sabía de qué. Hube de pensar un rato y esperar a que me hablara para ubicarlo definitivamente.
Era Sabino, un viejo arrantzale de Ondarroa a quien sí que conocía pero por razones profesionales.
-Hombre, Don José, ¿Vd por aquí?-
-Ya ves, Sabino, aquí, un poco aburrido y aguantando, pero todo sea por la paz familiar-
La conversación continuó con lo tópicos de rigor y las adecuadas alusiones al buen tiempo que hacía y lo abundante que había venido la costera de la anchoa el año pasado; no como la de este año, que no había entrado nada.
Acabé de rehacer su historia cuando me dijo:
-Yo, Don José le estoy muy agradecido de cómo se portó Vd. cuando lo del ataque de “la pendiz” a mi hijo. Si no llega a ser por Vd, seguro que no lo cuenta-
Yo, haciéndome el modesto, le contesté:
-Bueno, Sabino, tampoco es para tanto. La juventud lo aguanta todo y su hijo es joven-
-No obstante,- me replicó- yo sería muy gustoso de que me aceptara un pequeño obsequio. Ya sabe que los años no me permiten salir a la mar, pero con la caña, y desde la orilla, todavía me apaño y de vez en cuando hago de las mías-
Y decía esto al tiempo que, de un cubo que llevaba en la mano, extraía un mero, tamaño XXL, que aún coleteaba, pese a la herida del anzuelo y la descomunal lucha que debió ser sacarle del mar.
-Es para Vd-.Yo, me hacía el remolón, aunque en el fondo, se me estaban revolucionando los jugos gástricos, imaginándome aquel bicho, dorándose en el horno sobre un lecho de patatas panadera.
Mis hijos, que debían haber presenciado la escena desde lejos, aparecieron súbitos y, entonces, ya no hubo lugar a más discusiones:
-Se lo regalo a ellos y punto-.
Ya se había ido Sabino y mis hijos, alucinados porque el pez seguía vivo, decidieron prolongar su agonía y lo metieron en la piscina de plástico hinchable en la que jugaban los más pequeños. Con los cubos, la medio-llenaron de agua de mar y depositaron allí aquel “marrajo”.
El problema surgió a la hora del regreso. El pez parecía cada vez más vivo y, ¡a ver quién era el chulo que, delante de aquellas miradas inocentes e ilusionadas, se decidía a acabar con él.
Tuve que pasar por el aro y consentir que, con piscina y todo, se alojara el dichoso mero en la parte posterior de la Vanette que, dado la numerosa prole, me veía forzado a usar en estos casos.
La sorpresa fue mayor cuando, al llegar a casa, lo cosa seguía igual. No tuve más remedio que aguantar e improvisar, en un rincón del garaje de la Vanette, un sitio donde dejar la piscina con el pez dentro, que seguía nadando en el corto espacio que la piscina le dejaba y parecía feliz. Allí quedó y nos fuimos a casa.
Al día siguiente, pese a que era domingo y no había colegio, mis hijos, de por sí rácanos a la hora de levantase, se dieron un madrugón de los que marcan hito.
Bajaron las escaleras de cuatro en cuatro y…allí seguía, vivito y coleando. Yo creo que hasta el pez, dio un salto de alegría al verlos.
Y aquí empieza otro problema: Siempre me negué a que entraran animales mascota en mi casa, pese al empeño, ruegos, llantos y lamentaciones de todos. Yo siempre me mantenía firme y me zafaba diciendo que no admitiría en mi casa más que a un pulpo como animal de compañía.
Estaba claro que aquello no era un pulpo, pero era del mar y, según ellos, se le aproximaba bastante.
Con la esperanza de que aquello fuera cosa de un rato, lo que tardara el pez en morir, no opuse demasiada resistencia.
Pero: ¡qué equivocado estaba yo! Pasó un día y oto día y aquel pez no se moría. Es más, aprendió a saltar fuera de la piscina y daba saltos por el suelo como un loco cada vez que los niños se le acercaban. Cada vez pasaba más tiempo fuera del líquido elemento y, aquello, en lugar de debilitarle, parecía fortificarle.
A mí, que soy más escéptico para estas cosas que el primo de Rajoy, me empezó a entrar la duda si algún sensor genético incorporado no les estaría avisando a estos
animalitos del inexorable cambio climático y estaban ya preparados para la terrible catástrofe que se avecina: el momento en que, mares, lagos y ríos y demás acúmulos
acuíferos desaparecieran de la faz de la tierra y una pertinaz sequía nos condujera a una inapelable catástrofe. Y, ellos, previsores, llevaran tiempo preparándose para sobrevivir a la tragedia.
Como la cosa continuaba, no hubo más remedio que admitir mero como animal de compañía. La verdad es que apenas molestaba. Se conformaba con cualquier cosa. Primero, pensando en que venía del mar, le alimentábamos con ostras, percebes, almejas y pequeñas gollerías de este orden. Al final de mes, nos dimos cuenta de que el presupuesto no cuadraba y hubo que ir rebajando el pistón.
No hubo demasiados problemas. La verdad es que era un pez muy bueno y nos comía muy bien y de todo. Le daba igual conguitos que lacasitos, que donuts, e incluso algún tigretón.
Decidieron ponerle nombre y, dado su tamaño, mis hijos, que son unos coñones, le llamaron irónicamente chanquete, que era el pez más pequeño que conocían. Le compraron un collar con lacito, una correa y, dado que
necesitaba cada vez menos el agua, decidieron sacarlo a pasear por parques y jardines, entre el alborozo y la perplejidad del público en general.
Y así trascurría, sin sobresaltos, aquel largo y plácido verano azul, sin acontecimientos relevantes ni dignos de mención. El pez era muy bueno y se portaba muy bien: no daba guerra, nos comía muy bien, nos dormía muy bien y ni un solo día mojó la sabanita, lo que hizo nacer en mi la duda de si los peces mean o sólo traspiran.
Por ello, cuando mis hijos hablaron de llevar a su mascota a que visitara su lugar de origen, me encontré sin
argumentos para objetar nada al respecto. Montamos todo el equipo pertinente en la Vanette y allá que nos fuimos, a la playa de Ondarroa. Establecimos el campamento, yo me puse a leer, a la sombra, por supuesto, y los niños, con el collar de lacito y la correa puesta, se llevaron al mero para que jugueteara a sus anchas.
Enfrascado como estaba en la lectura, no presté demasiada atención a aquellos gritos desgarradores de ignota procedencia: ¡¡¡¡Chanqueeeeteee haaa muertoooo!!!¡¡¡¡¡Chanqueeeetee haa mueertooo!!!
Pensé que el pesado de Mercero, emperrado como está en que todos los veranos tienen que ser azules, volvía, un año más, a darnos el coñazo e intentar hacernos llorar con el espectáculo de un Piraña, un Tito, una Julia, un Javi, una Desy…..desolados.
Pero no; volví la vista hacia la playa y me encontré a mis hijos desencajados y con el pez inmóvil en sus brazos.
Era cierto. Había muerto Chanquete, el mero, ahogado en una playa del Cantábrico.
Desde entonces, ni he vuelto a la playa, ni he vuelto a probar mero al horno sobre lecho de patatas panadera.
miércoles, 23 de julio de 2008
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